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La cosa

Historia de Carlos, Mérida , Yucatán , 2019.
Eran cerca de las dos de la madrugada cuando regresé a casa después de una larga noche de trabajo. El aire nocturno era fresco y la calle estaba desierta, lo que me hizo apresurar el paso. Entré silenciosamente por la puerta principal, cuidando no hacer ruido y no despertar a mi papá, quien siempre se acostaba temprano.
Me cambie y me dirigí a mi habitación que está al fondo del pasillo. Abrí suavemente la puerta y dejé mis zapatos junto a la cama. Me dejé caer en el colchón y encendí mi celular, buscando distraerme un poco antes de intentar dormir. Me recosté, con el brillo de la pantalla iluminando mi rostro en la penumbra de la habitación.
Después de unos minutos de estar con el teléfono, oí un gruñido extraño al mismo tiempo que se escuchaban ruidos que provenían del pasillo. Mi corazón comenzó a latir más rápido, pero traté de convencerme de que solo era mi imaginación. Decidí encender la linterna de mi teléfono para asegurarme de que todo estuviera en orden. Lentamente, comencé a mover la luz por la habitación, escaneando cada rincón.
Primero iluminé el armario, luego el escritorio y finalmente, dirigí la luz hacia la puerta. Fue entonces cuando lo vi: una figura espeluznante y deforme asomándose desde el umbral, con una piel grisácea y protuberancias extrañas en su cuerpo. La criatura tenía una apariencia grotesca, con largos brazos y garras afiladas que se extendían hacia el interior de la habitación.
Sentí que el miedo me paralizo. No podía creer lo que estaba viendo. Mis ojos se abrieron de par en par y un frío recorrió mi espalda. Intenté retroceder, pero el terror me tenía anclado en el lugar. La criatura, con movimientos lentos y calculados, parecía disfrutar de mi miedo.
Recordé las historias que mi abuela solía contarme sobre los nahuales, personas capaces de transformarse en animales y criaturas horribles para aterrorizar a la gente. Siempre había pensado que eran solo leyendas, pero ahora, con esa visión infernal ante mis ojos, no estaba tan seguro.
Con el corazón latiendo a mil por hora, intenté llamar a mi papá, pero mi voz no salió. En un último intento de defensa, arrojé mi teléfono hacia la puerta, esperando asustar a la criatura. La luz del teléfono, al caer al suelo, iluminó por completo al ser, revelando su forma aterradora en detalle.
La criatura dio un paso atrás, y en un abrir y cerrar de ojos, desapareció en la oscuridad del pasillo. Aún temblando, corrí hacia la habitación de mi papá y lo desperté, balbuceando sobre lo que acababa de ver. Mi papá, al principio incrédulo, me acompañó de vuelta a la habitación, pero no encontramos rastro alguno de la criatura.
Esa noche no pude dormir. Pasé el resto de las horas vigilando la puerta, esperando que la luz del día disipara los horrores de la noche. Aunque nunca más volví a ver a la criatura, esa experiencia dejó una marca indeleble en mi mente, recordándome que, tal vez, las viejas leyendas tienen algo de verdad.
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